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40 países editarán "La cena secreta" de Javier Sierra.
Uno de los mayores
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Robert Bauval |
¿Para
qué querrían los antiguos egipcios imitar sobre el suelo
la disposición de ciertas constelaciones del firmamento? ¿Existe
alguna explicación a esa especie de obsesión por reflejar
sobre el suelo aquello que veían en los cielos? Robert Bauval
–el célebre autor de El misterio de Orión–
se entrevistó en Cerdeña con Javier Sierra para aclarar
esas y otras cuestiones relacionadas con sus fascinantes teorías.
[1]
- [2]
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Sus Libros

La
cámara secreta
(Oberon, 2001)
Ya sabemos que la Gran Pirámide de Egipto alberga cámaras
secretas que algún día serán abiertas. La pregunta
es: ¿qué contienen? En un esfuerzo histórico y
documental titánico, Robert Bauval reúne las piezas de
un tremendo rompecabezas que tiene más de mitológico que
de histórico. Según antiguas creencias egipcias, en esas
cámaras pueden reposar los libros perdidos de Toth. Esto es,
la documentación que el dios de la escritura entregó a
los predecesores de los faraones para que crearan su fantástica
civilización. Curiosamente, la búsqueda de esos reductos
prohibidos lleva fascinando a pueblos enteros desde hace centurias.
Los árabes las buscaron a partir del siglo X d.C.; también
se cree que Alejandro lo hizo siete siglos antes, y aún Napoleón
Bonaparte lo intentó hace sólo doscientos años.
Pero quizás sea ahora cuando estamos más cerca que nunca
de resolver esa intriga.
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-¿Habla
de ello en La cámara secreta?
-De eso y de cómo los egipcios entendían
su magia. Es un segundo nivel de investigación que tiene que
ver con el propósito final de la correlación de las
pirámides con Orión, y con la verdadera religión
egipcia, cuyo sentido último se nos viene escapando desde hace
dos siglos.
-¿Cómo podríamos salir
de dudas sobre el "funcionamiento" de esa religión
mágica?
-Fácil. Si se hallara la cámara de
los archivos de las que hablan algunas profecías –no
sólo las del vidente americano Edgar Cayce, si no incluso antiguos
textos egipcios–. Cierta tradición vinculada a Hermes
habla de unos libros donde se explica este conocimiento, y esa tradición
llegó a Europa antes del Renacimiento, se aceptó, pero
se cortocircuitó con la muerte de Giordano Bruno. Aún
con todo, la idea profunda de la tradición hermética
es la búsqueda del conocimiento. Cada vez que dejamos de hacernos
las grandes preguntas –¿quiénes somos? ¿de
dónde venimos? ¿a dónde vamos?– es cuando
estamos fuera del Camino Hermético. Y eso es peligroso, porque
entonces la vida pierde sentido.
-¿No teme que después de sus
libros anteriores –El misterio de Orión y Guardián
del Génesis–, muy ajustados a cálculos científicos
y astronómicos, este libro pueda...?
-¿...Desconcertar
a mis lectores? –sonríe–. En absoluto. Haber utilizado
una aproximación científica para estudiar las pirámides
es sólo la llave para abrir ciertas puertas.
Pero buscar sólo la llave es estúpido. Hay que averigüar
qué hay detrás de la puerta. Así pues, la teoría
de la correlación de Orión, el alineamiento de las pirámides,
los análisis... no son más que llaves. Los hombres que
diseñaron las pirámides fueron magos. Usaron la ciencia
como herramienta, no como guía. Nuestro riesgo es creer que
la Luz es nuestra propia linterna, y no buscar respuestas a las dudas
metafísicas. Para resolverlas hay que recurrir a la forma en
que los egipcios veían la vida: ellos pensaban con el corazón
y sentían con el cerebro. Nosotros lo hacemos justo al revés.
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