|
|
|
|
 |
|
|
|
40 países editarán "La cena secreta" de Javier Sierra.
Uno de los mayores
éxitos internacionales de la literatura española.
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
¿Tienes una página
y te gustaría poner un enlace a JavierSierra.com?
Más información, aquí.
|
|
|
|
|
 |
|
|
Javier Sierra |
| Dirige y escribe los contenidos de esta web. |
| |
Webmaster |
Diseño, maquetación, gráficos, animaciones y música por D.G.H.
|
|
|
|
|  |
|
|
|
|
|
|
|
|
 |
|
|
Graham Hancock |
Llegó de
Malta, pasó unos días en Canarias en junio de 2000, marchó
rumbo a Londres para volar hasta Japón después y regresar,
menos de un mes más tarde, a tierras españolas para completar
sus investigaciones sobre restos de una antigua civilización
perdida en Menorca, Cádiz, Huelva, Sevilla y Málaga. Javier
Sierra le acompañó de cerca hasta su regreso a Japón.
Ese es Graham Hancock, un escritor de fama internacional que está
dispuesto a encontrar como sea su Santo Grial: las evidencias de una
cultura que precedió a Sumer o Egipto y que desarrolló
una religión astronómica cuyas huellas están diseminadas
por doquier. Lo que cree, lo cuenta por primera vez en estas páginas.
|
|
Sus Libros

Guardián
del Génesis
(Planeta/Seix Barral, 1997)
Tras la publicación en inglés de "Las huellas de
los dioses", Hancock descubrió que había muchas cosas
que unían su investigación a la de Robert Bauval, autor
de otro importante éxito editorial de finales del siglo XX titulado
"El misterio de Orión". Bauval, en aquella obra, demostraba
que las grandes pirámides de Giza "reflejaban" la posición
relativa de las tres estrellas del cinturón de Orión y
que esto formaba parte de una religión estelar egipcia muy compleja
y que había pasado casi inadvertida a los egiptólogos.
En este ensayo conjunto, el primero de una serie de ellos que vendrían
después, llevan esos trabajos aún más allá.
Advierten que la Esfinge está orientada a la salida del Sol en
el equinoccio de primavera del 10500 a.C., y que el momento histórico
en que pirámides y estrellas de Orión coincidían
mejor entre suelo y cielo, fue también en esa remotísima
fecha. ¿Qué quisieron decir a la posteridad los hombres
que diseñaron los grandes monumentos de la meseta de Giza?


El
misterio de Marte
(Grijalbo, 1999)
En 1976 la sonda Viking fotografió en la región
marciana de Sidonia lo que parecían un grupo de gigantescas pirámides
y un rostro colosal que miraba fijamente al firmamento. Veinte años
más tarde, otra sonda norteamericana determinó que el
rostro era una montaña natural. Sin embargo, poco antes de esas
conclusiones Hancock se aventuró con esta obra, en la que revisaba
la posible conexión entre las pirámides de Giza y la zona
de "pirámides" en Marte. Aunque en su trabajo existen
datos de interés y recoge con detalle la controversia sobre la
célebre "cara de Marte", el libro no deja de ser un
trabajo ya superado por los hallazgos de la NASA y un esfuerzo especulativo
perdido.


El
espejo del paraíso
(Grijalbo, 2001)
¿Fueron los antiguos monumentos piramidales de Egipto, México
u Oriente máquinas para proporcionar la "inmortalidad"
a ciertas clases dirigentes? ¿Cómo se explica que en la
meseta de Giza, en El Cairo, las grandes pirámides y la Esfinge
estén orientadas a posiciones estelares del 10500 a.C. y que
en Camboya las ruinas de Angkor tengan una orientación similar?
¿Se construyeron sobre restos más antiguos procedentes
de una civilización perdida?
[...]
|
|
|
[1] - [2]
- [3] - [4]
A
Hancock aquello le fascinó. Llevaba meses recorriendo el mundo
en busca de vestigios remotos que parecían demostrar la existencia
de una civilización muy desarrollada en la más remota
antigüedad. Una cultura de "vigilantes" del Sol y grandes
navegantes cuyos restos –intuía– debían
encontrarse fundamentalmente sepultados bajo los océanos, y
cuyas huellas eran visibles en monumentos antiguos orientados hacia
momentos clave de la trayectoria del Astro Rey o de ciertas estrellas.
-Cuando
consideré la idea de la existencia de una civilización
perdida, tenía en mente qué clase de cultura pudo haber
sido. Pero cuanto más fui aprendiendo, más me he ido
convenciendo de que no fue una civilización como la nuestra
de hoy. Sin duda era capaz de manipular su entorno físico,
como hemos visto en Egipto, y algunas veces de forma tan extraordinaria
que no es difícil pensar que desarrollaron una tecnología.
Pero cada vez estoy más convencido de que su esencia no era
material o técnica, sino que se trató de una sociedad
altamente espiritual para la que el mundo material era la menor de
sus preocupaciones.
-¿La
menor?
-Por
lo que llevo investigado, creo que sus grandes mentes se concentraron
en la exploración del misterio de la muerte y qué es
lo que nos espera más allá de ésta. Y esa materia
no es considerada por nuestra moderna sociedad, más ocupada
en el incremento de tecnología que en los misterios de la vida
y la muerte.
Graham
se detiene un momento antes de continuar, como si fuera a medir bien
lo que estaba a punto de decir. Luego continuó:
-Mi
visión inicial del Arca de la Alianza como una especie de ingenio
científico no desapareció, pero llegué a la conclusión
de que si quería comprender esta cultura perdida no lo lograría
examinando sólo su tecnología. Me acercaría más
estudiando su espiritualidad y a través de los grandes monumentos
que están conectados a esa búsqueda espiritual.
-¿Quiere
decir que los monumentos de los antiguos eran una especie de tecnología
al servicio del espíritu?
-En
ciertos textos antiguos se nos habla de vida y muerte, del viaje al
más allá y de las grandes estructuras de piedra como
parte de un sistema de iniciación en estos misterios. Esas
estructuras se diseñaron para crear un ambiente, una atmósfera
en la que el ser humano fuera capaz de contemplar estas materias.
Estoy convencido de que existió un sistema religioso y espiritual
mundial, que fue global y que tocó a cada una de las religiones
que han llegado hasta nosotros. Para mí esa es la mayor prueba
de la existencia de una civilización perdida. No la tecnología.
Ni las pirámides. Sino la evidencia de que existió una
idea universal espiritual que tocó la esencia de la vida, y
no puede explicarse su implantación en el mundo mas que aceptando
la existencia de una fuente común que transmitió ese
conocimiento.
El
espejo del cielo
La
tesis de Hancock comenzó a tomar fuerza durante la preparación
de su último libro, El espejo del paraíso (Grijalbo,
2001). En esta obra plantea la posibilidad de que algunos de los lugares
espirituales del planeta más antiguos, como Giza, Angkor en
Camboya, las islas de Ponhpei y Pascua e incluso las célebres
pistas de Nazca o el candelabro de Paracas, en Perú, se encuentren
distribuidos cumpliendo una función astronómica y religiosa
muy precisa.
El
descubrimiento principal de Hancock consistió en determinar
que la meseta de Giza debió ser algo así como el "meridiano
cero" de la antigüedad. Aunque nuestra civilización
no fue capaz de calcular correctamente la latitud para la navegación
hasta el siglo XVIII, Hancock sostiene que ese problema no existió
en un remoto pasado y que el "meridiano de Greenwich" de
entonces pasaba por encima de las pirámides. A partir de ahí
descubrió que, en relación a ese eje geodésico,
muchos monumentos sagrados se habían distribuido sobre la faz
de la Tierra formando una red separada por ángulos cuyos valores
resultaron ser múltiplos de números de gran importancia
astronómica. Era como si los monumentos de aquellos lugares
se hubieran levantado para seguir el desplazamiento de ciertas estrellas
durante milenios.
Hancock
se refiere a esos valores como "números precesionales",
ya que hoy sirven para calcular el movimiento de las estrellas en
la bóveda celeste. Esa traslación, originada por el
desplazamiento en forma de peonza del eje longitudinal de la Tierra
alrededor del polo, hace que las estrellas se trasladen en nuestros
cielos a razón de un grado cada 72 años. En consecuencia,
los múltiplos de 72 fueron considerados en la antigüedad
como números sagrados y aplicados –según Hancock–
a la construcción de esos lugares espirituales siguiendo un
plan meticuloso y preciso.
|
|
 |
|