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Pero
esto debió exigir a los antiguos tremendos conocimientos de
geografía, astronomía y matemáticas.
Además,
hay otra "prueba" extra para abonar esta hipótesis:
la disposición de esos enclaves imita en muchos casos la forma
de ciertas constelaciones. Así, las tres pirámides de
Giza reproducen la alineación de las tres estrellas del cinturón
de Orión, o los templos de Angkor la forma de la constelación
de Draco o del Dragón.
-Todo
eso –insiste Hancock– no puede ser casualidad. Yo creo
que forma parte de un conocimiento diseminado intencionadamente. Muy
intencionadamente. Si estoy en lo correcto, hubo una cultura que alcanzó
una gran sabiduría a través de una exploración
a conciencia del ser humano y de su condición. Sus miembros
creyeron haber alcanzado un conocimiento que daba sentido a sus vidas
y les ofrecía garantías para superar a la muerte, que
debió ser su gran preocupación.
En
efecto. Tanto Giza, como Angkor, Pohnpei y otros muchos lugares sagrados,
parecen concebidos como puertas al más allá. El caso
de las pirámides es especialmente claro al respecto, ya que
los antiguos egipcios consideraban la planicie sobre la que se levantan
como el "reino de Osiris" en la Tierra, el "Rostau",
y lo emparentaban con otro "reino de Osiris" celestial que
llamaban "Duat" y que no es otro que la constelación
de Orión. Giza, pues, actuaba como la puerta terrestre para
ascender a los cielos.
-La
cuestión es qué hacemos con toda esta información
–añade Hancock sin esperar mi siguiente pregunta–.
En el caso de Angkor, no sólo sus templos principales parecen
querer imitar la forma de la constelación del Dragón,
sino que otros templos vecinos "reflejan" estrellas cercanas
a esa región del firmamento. Hicieron un
gran proyecto de cartografía del cielo. Y no estoy insistiendo
en que esto sea un hecho. Digo que es un misterio. Que parece existir
una especie de sistema religioso de alcance mundial
al que pertenecieron Angkor o Gizéh. Y no es una casualidad
que cartografiaran
Draco.
Como muestro
en El espejo del paraíso,
Draco y Orión se interrelacionaban al estar en posiciones estelares
opuestas; a medida que una emergía sobre el horizonte con la
precesión, la otra caía. Operaban como una balanza a
través del cielo, de Norte a Sur.
La
transmisión del saber
-¿Y
cómo transmitió esa civilización perdida su sabiduría
desde el momento de su desaparición hasta la época de
construcción de las pirámides –siglo XXV a.C.–
o de Angkor –siglo XI d.C.?
-Primero,
aunque creo que una catástrofe bastante súbita terminó
con esta civilización, debieron quedar bastantes supervivientes.
Éstos, sin duda, sintieron la responsabilidad, la misión,
de preservar ese tesoro de conocimientos que habían adquirido.
Y aunque mucha de su infraestructura desapareció, tuvieron
la determinación de preservar ese saber y pasarlo a otros.
Y lo hicieron escondiéndolo en historias antiguas, tradiciones
y mitos.
-¿Y
por qué no en libros?
-Para
una civilización de hace, pongamos por caso, doce mil años,
que quisiera transmitir su sabiduría a las generaciones futuras,
no debía ser buena idea dejarla por escrito. Transcurrido ese
tiempo, es seguro que nadie sería capaz de leer sus textos.
No hay más que fijarse en los escritos del Valle del Indo:
apenas tiene 4.500 años de antigüedad y ya nadie sabe
qué significan...
-¿Quiere
decir que en los mitos y leyendas del pasado más remoto puede
encontrarse información científica de valor? ¿Que
fue ahí donde escondieron la enorme sabiduría que periódicamente
hemos visto emerger en uno y otro rincón de la Tierra?
Graham
asintió.
-Quienes
transmiten esas historias "especiales" de las que hablo
no tienen por qué conocer su significado oculto. Les basta
con repetirlas para preservar lo que hay en ellas. Y como a los humanos
nos encanta contar historias, la transmisión está asegurada.
Durante
nuestra conversación Hancock afirmó que de ese modo
se transmitió información astronómica importante,
que después se reflejaría en las construcciones asociadas
a esa tradición. La idea no es nueva. Se fundamenta en el trabajo
de dos profesores universitarios de Historia de la Ciencia llamados
Giorgio de Santillana y Hertha von Deschend, que creyeron descubrir
en mitos y cuentos de todo el mundo referencias crípticas a
movimientos de cuerpos celestes, planetas y del Sol. En su monumental
ensayo Hamlet´s Mill –decisivo en la obra de Hancock y
tampoco traducido a nuestro idioma– ya se preguntan "qué
mente sublime debió ser aquella que concibió la forma
de comunicar su secreto más recóndito a otras personas,
aunque éstas se hallaran muy distantes en el tiempo y el emplazamiento
(...) dirigiéndose a quienes aún no han nacido ni nacerán
hasta dentro de mil o diez mil años" . Más
adelante, ambos profesores se atreven incluso a sugerir la enorme
antigüedad de ese saber: "Cuando aparecieron los griegos
–escriben– el polvo de los siglos ya se había posado
sobre los restos de esta gran construcción arcaica que abarcaba
el mundo entero. No obstante, ha sobrevivido parte de ella en los
ritos tradicionales, en unos mitos y leyendas que no comprendemos..."
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