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Algunos personajes históricos que aparecen en La Cena Secreta

Matteo Bandello
Matteo Bandello

El sobrino adolescente del prior Vicenzo en La Cena Secreta, existió realmente y fue uno de los novelistas más célebres del Renacimiento italiano. Es cierto que él vio a Leonardo pintar La Última Cena cuando sólo tenía 12 años y era novicio en el convento de Santa María delle Grazie. En sus escritos describió al maestro Da Vinci como un hombre inconstante, que lo mismo pintaba de la mañana a la noche sin parar a probar bocado, que se pasaba días mirando su obra viendo en qué podría mejorar a los apóstoles que había retratado.

Bernardino Luini
Bernardino Luini

Fue uno de los muchos discípulos que siguieron a Leonardo da Vinci y del que imitó su estilo y sus obras. Todo su trabajo se desarrolló en conventos y palacios rurales de la Lombardía, por lo que el contexto en el que lo sitúa Javier Sierra en su novela es más que adecuado. Existen muchas dudas sobre su fecha de nacimiento y muerte, que oscilan entre 1470 y 1532. De lo que no caben dudas es de sus devaneos con los temas heterodoxos de su maestro, que pueden seguirse en sus frescos de las Metamorfosis de Ovidio en Milán o en sus cuadros de la Virgen y San Juan, en El Prado. Al margen de su “affaire” literario con Elena Crivelli en La cena secreta, se sabe que se enamoró de Laura Pelucci, hija de Guidotto.

Marsilio Ficino
Marsilio Ficino

Vivió entre 1433 y 1499, y fue un destacado intelectual, doctor, músico y predicador de su tiempo. Su contribución más importante a la Historia Universal fue la traducción al latín de las obras completas de Platón, varios himnos órficos y dichos de Zoroastro. Bajo la protección de Cosme de Médicis fundó la Academia de Florencia en la que nacería “de facto” el Renacimiento, y allí compiló los textos mágicos del Antiguo Egipto conocidos como “Corpus Hermeticum”. En sus 66 años de vida, jamás salió de Florencia, pero inspiró directamente a artistas como Botticeli, Miguel Ángel, Rafael, Tiziano o Durero. Su biógrafo Giovanni Corsi lo describe como de “complexión ruda y rubio, con rizos”, como el Mateo de La Última Cena de Leonardo...

Ludovico Sforza
Ludovico Sforza

El Moro (1451-1508), fue duque de Milán en representación de su sobrino Gian Galeazzo Sfoza, a quien terminaría usurpando el trono de la Lombardía. “El Moro” era el sobrenombre por el que se le conocía a causa de su aspecto: pelo azabache y piel morenísima. Fue él quien encargó a Leonardo da Vinci la ejecución de La Última Cena en el convento de Santa Maria delle Grazie, de Milán. Con ello pretendía embellecer el lugar que había elegido como reposo último de su extirpe.

 

 
Primeros de Julio de 1497
Amboise (Francia),
Milán (Italia)

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La Cena Secreta a publicación a finales de 2004 de la novela de Javier Sierra, La cena secreta, ha reabierto en varios países el viejo debate sobre las creencias religiosas de Leonardo da Vinci. ¿Fue un buen cristiano? ¿O acaso, como sospechan algunos historiadores, militó en ciertas herejías de su tiempo? El análisis que Javier Sierra ofrece de la obra magna de Leonardo, La Última Cena, podría ayudar a despejar definitivamente ese enigma.

   La historia lo juzgará, sin duda. Pero si algún mérito extraliterario le concederá al bestseller de Dan Brown, El código Da Vinci, será el de haber despertado en todo el mundo el interés por los flancos oscuros de la figura del maestro Leonardo. Antes que Brown, muy pocos autores se habían aventurado por esa senda1 - Por ejemplo, Paul Vulliaud con su ensayo La pensée ésoterique de Léonard de Vinci (Dervy-Livres, Barcelona, 1981)  se contaba entre los pocos que habían analizado desde una óptica hermética y de filosofía oculta el pensamiento del genio toscano, antes del “boom” de El código Da Vinci. y eran aún menos los que habían aplicado sus sospechas a la mayor de sus obras: La Última Cena.

Refectorio de Santa Maria delle Grazie, hoy.   Este mural de casi nueve metros de largo por cinco de alto, suscitó a finales de la pasada década de los noventa uno de los análisis más curiosos de la historia del arte.

   Se publicó en un ensayo de Lynn Picknett y Clive Prince titulado La revelación de los templarios, del que Dan Brown tomó las escasas ideas que sobre La Cena incluyó en su novela. En La revelación de los templarios, sus autores subrayaban algunas anomalías desconcertantes. Afirmaban, por ejemplo, que era muy extraño que en una representación de la cena pascual de Cristo no figurara por ninguna parte el Santo Grial.

Credos fundamentales de los cátaros

   Los cátaros fueron uno de los movimientos cristianos heterodoxos más extendidos de la Edad Media. Nacieron en el sur de Francia, en tierras del Languedoc, alcanzando su máxima expansión en el siglo XII, al tiempo que florecían los trovadores, la leyenda del Grial y hasta los primeros naipes del Tarot. Sus credos fundamentales se asentaban en la idea de un Dios dual, negativo y positivo a la vez, que sostiene toda la creación. Creían en la vida de ultratumba pero aceptaban la reencarnación. No obstante, su idea más controvertida era la de que el mundo sensible, la Tierra, había sido creada por Satán y que fue este principio negativo el que llevó a la humanidad a pecar. Por eso –decían–, Dios mandó a Jesús entre nosotros: para redimirnos enseñándonos el camino del Amor. Sin embargo, a diferencia de los católicos, no creían que hubiera que cumplir ningún precepto específico. Bastaba con amar.

   Esas ideas pronto les valieron el sobrenombre de katharos, del griego “hombres puros”, y alertaron a hombres como Santo Domingo de Guzmán. La Inquisición se creó específicamente para erradicarlos. Los cátaros se consideraban los herederos de la auténtica tradición apostólica, y los de mayor jerarquía practicaban un celibato estricto, eran vegetarianos y sólo admitían un sacramento: el consolamentum. Una suerte de imposición de manos unida a la confesión pública de los pecados, que depuraba el alma del buen creyente. Su oración era el Padrenuestro. No rezaban ninguna otra. Y abominaban de la cruz tradicional como símbolo de su fe. A fin de cuentas, la veían como el instrumento de tortura en el que Jesús entregó su vida.Resulta muy curiosa la coincidencia de estos preceptos con Leonardo da Vinci. Pese a que vivió tres siglos después de la erradicación formal del catarismo en 1244, muchos de sus adeptos se refugiaron en Italia, donde pudieron haber establecido contacto con el artista. Leonardo fue vegetariano, en su época adulta jamás se le reconoció pareja sexual, nunca pintó una crucifixión, y cuando se embarcó en la elaboración de La Última Cena, no pintó ni la hostia ni el cáliz sagrado que supuestamente instauró Jesús como eucaristía... ¿Profesó una versión tardía de catarismo?

“Pero no hay vino delante de Jesús, y apenas unas cantidades simbólicas en toda la mesa”2 - Lynn Picknett y Clive Prince, La revelación de los templarios. Ediciones Martínez Roca, Barcelona, 1998. Pág. 20.. Y concluían, con acierto, que “pintar la Última Cena sin una cantidad significativa de vino es como pintar el momento culminante de una coronación y omitir la corona”.3 - Picknett y Prince, Op. cit. Pág. 23.

   En ese libro se reseñaban otras anomalías no menos notables. Leonardo, por ejemplo, había optado por pintar al apóstol Juan no apoyado en su pecho como dicen los Evangelios4 - Juan 13, 23., sino apartándose de él y mostrándolo imberbe, con la cabeza inclinada en señal de sumisión y las manos cruzadas. Exactamente igual a como Leonardo acostumbraba a pintar a las mujeres en sus retratos. Dan Brown, atento, aprovechó bien ese dato, levantando un escándalo mundial al preguntarse qué hacía una mujer entre los apóstoles de La Última Cena.

   Los hallazgos de Picknett y Prince guiaron, pues, a Brown para escribir su bestseller. Y es que, según aquéllos, esa mujer no podía ser otra que María Magdalena. Su impresión se reforzaba gracias a los pequeños detalles del lienzo: por ejemplo, el color azul del hábito de San Juan era también común en las Madonnas pintadas en los siglos XV y XVI. Además, el extraño espacio vacío que Leonardo había dejado entre Juan y Jesús presentaba forma de “V”, como el pubis femenino. ¿No eran esas pistas que apuntaban claramente a la presencia de una fémina en la mesa pascual de Jesús?

   ¿Y qué pensar de esa mano que sostiene un cuchillo, que no parece pertenecer a ningún apóstol, que nace a la espalda de Judas y que algunos han pretendido vincular a Pedro? ¿De quién es realmente? ¿Y qué quiere decirnos? “Estos detalles –afirmaban los autores de La revelación de los templariosdesaparecen por completo de la vista y la mente del observador, sencillamente porque son demasiado extraordinarios y chocantes.”

   Pero, ¿eran correctas las observaciones de Picknett y Prince? Teniendo en cuenta que La Última Cena de Leonardo ha sido objeto de toda clase de retoques y añadidos desde que terminara de ser pintada en 1497, había que extremar la cautela antes de dar ninguna observación por correcta. Y a eso me dediqué durante los tres años de trabajo que precedieron a la redacción de mi novela, La cena secreta.

Tres fases de la restauración de la figura de Jesús, desde 1977 a 1997.

   Por ejemplo, Paul Vulliaud con su ensayo La pensée ésoterique de Léonard de Vinci (Dervy-Livres, Barcelona, 1981)se contaba entre los pocos que habían analizado desde una óptica hermética y de filosofía oculta el pensamiento del genio toscano, antes del “boom” de El código Da Vinci.

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