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Ensayos para quienes quieran profundizar en las claves de La Cena Secreta

El renacimiento del paganismo
El renacimiento del paganismo

Con más de 70 años de retraso se publican en España las obras completas de Aby Warburg, fundador del Instituto que lleva su nombre y uno de los pocos intelectuales que en el siglo XX se decantó por el estudio del verdadero significado e intencionalidad del arte clásico. En pleno auge de las vanguardias él se dio cuenta que nuestros antepasados no pintaban por estética, sino para transmitir un credo, una idea o un secreto. Su libro analiza la influencia de saberes como la astrología o la alquimia en el Renacimiento, y demuestra que quien no sepa de esas y otras disciplinas ocultas es imposible que comprenda el arte del Quattrocento. En España lo ha editado Alianza Forma.

Las vidas
Las vidas

Este libro fue escrito en el siglo XVI, poco después de la muerte de Leonardo da Vinci. Su autor fue el pintor Giorgio Vasari, y en él describe las vidas de los más grandes artistas de su tiempo. Texto fundamental para los estudiosos del Renacimiento, incluye una semblanza biográfica de Leonardo que fue determinante para escribir "La cena secreta". Del maestro toscano, Vasari dice: "Llegó a tener unas concepciones tan heréticas que no se aproximaba a ninguna religión, pues tenía en mucha más estima el ser filósofo que cristiano". La obra sólo ha sido editada recientemente en España por Cátedra.

La leyenda dorada
La leyenda dorada

En "La cena secreta" se muestra que Leonardo, como todos los grandes artistas de su tiempo, estudiaron este tratado de Jacobo (o Santiago) de la Vorágine para confeccionar sus retratos de santos, evangelistas o apóstoles. "La leyenda dorada" es, pues, la compilación de vidas y tradiciones de grandes personajes del cristianismo realizada por un monje dominico del siglo XIII que llegó a ser arzobispo de Génova. Confiere infinidad de atributos a los personajes que analiza, empleando un lenguaje rico en símbolos pero no pocas veces de oscuro significado. Javier Sierra estudió las características de los doce apóstoles en este texto, y las encontró más tarde reflejadas en el Cenacolo del maestro Leonardo. En España este libro ha sido publicado por Alianza Forma.

Información

Si después de leer La Cena Secreta quieres visitar el cenacolo en Milán, debes saber que:

El refectorio de Santa Maria delle Grazie sólo puede verse si antes se reserva día y hora de entrada, llamando al teléfono: + 39 02 89421146.

Una vez dentro, no se pueden tomar fotos (ni con flash ni sin él) ni filmar, y la estancia está rodeada de fuertes medidas de seguridad.

Antes de acceder al Cenacolo, una serie de paneles informativos reconstruyen la historia de esa obra y del recinto que la alberga desde el siglo XV.

 
Primeros de Julio de 1497
Amboise (Francia),
Milán (Italia)

[1] - [2] - [3] - [4] - [5]

Boceto leonardiano del brazo de Pedro, en la colección Windsor.   Es probable que Leonardo superara la censura de los dominicos, argumentando que la daga anunciaba el arrebato que Pedro tendría en el monte de los Olivos, durante el prendimiento de Jesús que siguió a la cena. Sin embargo, desde una perspectiva teológica ese argumento resulta pobre. Leonardo, sospechoso de herejía en su época, que “llegó a tener –según escribió en 1550 Giorgio Vasariunas concepciones tan heréticas que no se aproximaba a ninguna religión, pues tenía en mucha más estima el ser filósofo que cristiano”,5 - Giorgio Vasari, Las vidas. Cátedra, Madrid, 2002. Pág. 472-473. bien pudo haber querido reflejar algo más. En concreto, la lucha que en sus días se libraba entre los seguidores de Pedro (la Iglesia material, de Roma) y los de Juan (la Iglesia del espíritu, libre, que llevaban siglos predicando herejías como la cátara).

Javier Sierra, ¿“profeta” de sus propios libros?

   Parece fruto de una meditada estrategia, pero no es así. Cada una de las novelas de Javier Sierra ha sido, de algún modo, anticipada en alguna parte de su obra precedente. ¿Lo hace a propósito? ¿Es un sutil juego con sus lectores? ¿O todo obedece a un puro azar? Veamos: El primer “anuncio profético” de un libro lo encontramos en Las puertas templarias (2000). En uno de sus párrafos, uno de sus protagonistas se maravillaba sobre la pasión egipcia de Bonaparte, “profetizando” El secreto egipcio de Napoleón que publicaría dos años después.

Leemos:

-¿Cómo? ¿Tampoco se fijó? La Voie Triomphale que pasa por aquí delante atraviesa a su paso varios símbolos egipcios indiscutibles: pirámides, obeliscos, fuentes con esfinges... ¡Amuletos todos! Napoleón, obsesionado con Egipto después de su campaña militar, fue iniciado en la masonería y militó en una logia llamada, precisamente, del “Hermes egipcio”, a la que se afiliaron también su padre y su hermano José. ¿Se lo imagina? Napoleón quiso convertir su capital en un gigantesco talismán protector para su proyecto político. Lo que no sabía entonces es que otros antes que él y su logia, habían construido su propio amuleto siguiendo instrucciones herméticas llegadas desde Jerusalén y Egipto.
(Las puertas templarias, pág. 203-204)

   ¿No era eso, en efecto, un anuncio enmascarado de su siguiente novela, El secreto egipcio de Napoleón? Más llamativo aún es que dos párrafos antes, en la misma página 203 de Las puertas templarias, Javier nos daba una pista sobre la novela que publicaría cuatro años más tarde, en 2004: La Cena Secreta. Ya entonces citó a Marsilio Ficino, uno de los personajes secundarios clave de esa Cena:

-...Lo que usted ignora es que un ilustre antepasado de Catalina, el célebre comerciante florentino Cósimo de Médicis, adquirió un ejemplar del Corpus Herméticum, una versión parcial de los hoy perdidos Libros de Hermes, y lo mandó traducir al latín a Marsilio Ficino hacia 1460. De ahí, la familia conservó el secreto para la fabricación de talismanes y lo traspasó a hombres sabios como Nostradamus. Tras él los hubo que acuñaron talismanes pequeños como el de Catalina, y gigantescos, como París.

   ¿Juega el autor con sus lectores, escondiendo en sus novelas las líneas maestras que configurarán sus próximas tramas? ¿O todo eso es fruto de la casualidad? ¿Puede pensarse en casualidad, cuando al leer la página 215 de El secreto egipcio de Napoleón, publicada en el año 2002, encontramos este “anuncio” de La Cena Secreta, publicada en 2004?:

-¿La verdadera fe de los egipcios? ¿Y qué diablos es eso?

-¿El conde no le habló de ella? ¡Qué extraño! ¿Y tampoco le confesó su obsesión por Marcilio Ficino?

-Jamás oí hablar de él, madame. ¿Quién es?

-Oh, mi ignorante general –rió–. Ficino nació en Italia en la misma época que Flamel, y según nos explicó el conde, trabajó a las órdenes del mecenas Cosimo de Médicis, siendo el responsable de reunir a todos los humanistas de la época bajo un mismo techo. ¡Aquella academia improvisada puso en marcha el Renacimiento, monsieur!

Bonaparte dio un respingo. Incrédulo, le costaba creer que aquella cocinera de aspecto desastrado hablara como si tal cosa de conceptos que, a la vista estaba, debían quedarle grandes.

-Y dígame, madame Nerval, ¿qué tiene que ver el tal Ficino, con la restauración de la religión egipcia y con nuestro común amigo el conde de Saint-Germain?

-¡Mucho! Ficino tradujo importantes textos al latín de origen arcano. Elevó el gusto por lo egipcio entre sus semejantes, y se dio cuenta de la enorme influencia que ese pueblo tenía en nuestra historia y nuestra religión...
(El secreto egipcio de Napoleón. Pág. 215.)

   Probablemente, Javier nunca aclarará este punto. Pero no deja de sorprender a sus lectores más atentos el extraño hilo conductor que conecta sus últimas creaciones literarias: Las puertas templarias, El secreto egipcio de Napoleón, y ahora La Cena Secreta.

   ¿Puede alguien adivinar qué será lo próximo que escriba Javier leyendo La Cena Secreta? Se abren las apuestas..

 

   Leonardo, seguidor de Juan

   Ciertos aspectos de la carrera de Leonardo hacen presumir que el artista estaba profundamente alineado con esa, llamémosla así, Iglesia de Juan. El indicio más elocuente se dio a conocer en 1483, cuando entregó a los franciscanos de Milán una tabla para su altar mayor que no se ajustaba en nada a lo que le habían encargado. En lugar de una escena que ensalzara la inmaculada concepción de la Virgen, Leonardo les presentó a María, el arcángel Uriel, Jesús y San Juan niños, reunidos en una cueva durante su huida a Egipto. La imagen, que no tiene relación alguna con los Evangelios canónicos, hizo que Leonardo y los franciscanos litigaran durante años, y terminó obligando al artista a reelaborar su obra con algunos elementos nuevos. Hoy son ésas las dos versiones de La Virgen de las Rocas que se conservan en el Louvre y la National Gallery respectivamente.

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