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Estudio de la Virgen María
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Primeros de Julio de 1497
Amboise (Francia),
Milán (Italia)

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Primera versión de La Virgen de las Rocas, inspirada en el “Apocalipsis Nova” de Amadeo de Portugal.   Pues bien, Leonardo fue acusado de inspirarse para su obra en el libro de un fraile hereje, Amadeo de Portugal, que en sus escritos describía a la Virgen no como madre de Cristo, sino como símbolo de la sabiduría. En su Apocalipsis Nova se elogia también la iglesia “del espíritu” de Juan, y se repudia la materialista de Pedro. Aquéllos eran los tiempos en los que el dominico Savonarola predicaba desde Florencia contra el papa Alejandro VI y acusaba al Vaticano de regodearse en sus riquezas. Quizá Leonardo formó parte de ese grupo de intelectuales que criticaba la institución de Pedro y por eso, en la primera versión de La Virgen de las Rocas, pintó a María sin halo de santidad, y a Uriel señalando a Juan con el dedo, marcando así quién de los dos niños era el realmente importante.

 

   ¿Dónde está el halo?

   ¡El halo! Elemento clave.
   Su ausencia no sólo se deja notar en la primera versión de La Virgen de las Rocas, sino también en La Última Cena. La restauración de la doctora Brambilla no halló restos de él por ninguna parte. Gracias a ella sabemos que ninguna de las trece figuras del mural lo lució jamás. Leonardo, contraviniendo todas las normas de la época, no pintó un grupo de santos... sino una reunión de hombres de carne y hueso. Y tan obvia observación, también pasó desapercibida a Picknett y Prince.

Jesús sin halo de santidad.   Hay más: Dan Brown desestimó para su novela un elemento fundamental del Cenacolo. Leonardo da Vinci se autorretrató entre los discípulos. En efecto: se trata del segundo personaje empezando a contar por la derecha. De largas melenas y barbas blancas, encarna a Judas Tadeo y cruza sus brazos en aspa mientras conversa con el apóstol Simón. Pero lo realmente peculiar de ese retrato es que Da Vinci se incluye en la escena ¡dándole la espalda a Jesús! ¿Cómo debe entenderse ese nuevo símbolo? ¿Por qué el maestro pintor se alinea tan claramente en contra de la ortodoxia de su tiempo? ¿Y quiénes son, en realidad, los dos personajes que le rodean y que también dan la espalda a Cristo?

Leonardo (en el centro, encarnando a Judas Tadeo) entre los apóstoles Marcos y Simón.   Escribí La cena secreta en parte para dar respuesta a esos interrogantes. Sin embargo, la investigación histórica en la que me sumergí antes de redactar esa novela, terminó conduciéndome a conclusiones que no esperaba.

   Que Leonardo diseñó el Cenacolo contra lo religiosamente correcto en su época no sólo lo reflejaban la ausencia de cabezas nimbadas, el arma en manos de Pedro, y su propia actitud en la escena. También había que fijarse en otros detalles. Por ejemplo, en la comida. En la mesa de La Última Cena, Jesús no instaura la eucaristía, como era tradicional hasta ese momento. No hay ni rastro del Grial, ni de la hostia o el pan que repartirá. Según explicó Leonardo a los dominicos de Santa Maria, la acción de su mural remitía al capítulo 13 del evangelio de Juan, cuando Jesús anuncia que “en verdad os digo que uno de vosotros me traicionará”. Esto se hace en medio del convite de la Pascua judía en el que la tradición obligaba a servir cordero en el banquete. Pues bien, la restauración de la doctora Brambilla descubrió que no era cordero lo que habían cenado esa noche los Doce, sino pescado, naranjas y un poco de vino. ¿Pescado? ¿Acaso quería remitirnos Leonardo al más antiguo símbolo cristiano que se conoce, ya en desuso en el siglo XV? ¿Y por qué?

El extraño final de Leonardo
Javier Sierra ante la tumba de Leonardo, en Amboise, Francia.
Javier Sierra ante la tumba de Leonardo, en Amboise, Francia.

   Leonardo da Vinci murió el 2 de mayo de 1519 en su casa de Clos Lucé, junto al castillo real de Amboise, en Francia. Sin embargo, no fue enterrado hasta tres meses y diez días más tarde, según un ceremonial que él mismo diseñó con cuidado. ¿Por qué quiso que no le sepultaran hasta el 12 de agosto de aquel año? Sus restos, sepultados en la pequeña iglesia de Saint Florentin, serían saqueados y destrozados por las tropas napoleónicas a principios del siglo XIX. Los pocos vestigios que se conservan de él fueron inhumados de nuevo en otra capilla, la de Saint Hubert, junto al mismo castillo de Amboise, donde hoy descansan casi olvidados por todo el mundo.

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