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Se
podía decir más alto, pero no más claro
Fue como si un torbellino sacudiera mis entrañas.
En cuestión de segundos hilé los pocos retazos de la
historia de sor María Jesús que poseía. Y, como
si se hubiera accionado un extraño resorte dentro de mí,
me lancé a comprobar lo que, hasta ese momento, era sólo
una fugaz certeza: que el "apellido" de la monja no era
tal, sino un sobrenombre que indicaba inequívocamente el lugar
de origen de la religiosa. Txema y yo buscamos al sacerdote del pueblo,
llamamos a las puertas de los templos que encontramos a nuestro paso,
y escudriñamos con atención cada rincón de Ágreda
que pudiera contener alguna evidencia de lo que buscábamos...
pero un sonoro silencio contestó nuestros requerimientos. Las
calles de Ágreda, como si quisieran ocultar algún secreto
inconfesable, permanecieron desiertas durante aquellos primeros pasos
de lo que se antojaba ya como una nueva investigación.
A
pesar de nuestra entusiasta búsqueda, era evidente que algo
no funcionaba. Repasé mentalmente la situación: Txema
y yo habíamos llegado hasta allí sin proponérnoslo
en absoluto, ya que –de hecho– aquella escala técnica
no figuraba entre mis planes de investigación, ni había
"nada" real que hacer allí. La elección, tras
un paréntesis de tiempo prudente, no podía estar más
clara: debíamos abandonar el pueblo y nuestro breve y espontáneo
sondeo, no sin antes anotar –por si acaso– en mi cuaderno
de campo aquella "simpática" sincronicidad.
| Perfil
de la verdadera
Dama Azul |
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Sor María Jesús de Ágreda (1602-1665)
Hija
de conversos, ingresa a los 16 años como monja
concepcionista franciscana. Con ella ingresaron su hermana
menor Jerónima y su madre Catalina, que tuvo
varios episodios místicos de interés.
A los 25 años, con dispensa del Papa, es nombrada
abadesa. El 10 de julio de 1633 inauguraría el
convento que hoy acoge sus restos incorruptos. Fue a
raíz de una visita del rey Felipe IV a su clausura,
el 10 de julio de 1643, que sor María estrenó
una nutrida correspondencia con el monarca que se extendería
hasta el año de la muerte de ambos, en 1665.
El estudio de esas cartas la reveló como una
de las grandes mujeres escritoras del Siglo de Oro español.
Su causa de beatificación está abierta
desde 1668, aunque ha atravesado serias dificultades
que han impedido que la "Dama Azul" esté
aún en los altares.
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Dicho
y hecho. Tras consultar rápidamente el mapa de carreteras,
enfilamos nuestros pasos hacia La Cuesta, un pequeñísimo
enclave soriano donde la tradición afirmaba que había
ido a parar una copia de la Síndone de Turín fechada
en 1654. Al fin y al cabo esa "pista" sí figuraba
entre los objetivos de mi viaje. Así que, deambulando por algunas
de las más estrechas calles del pueblo en busca de una rápida
salida, acabamos desembocando finalmente a una angosta calzada que
más tarde averiguamos conducía a Vozmediano. A simple
vista supimos que esa no era la carretera nacional que buscábamos,
así que decidimos detenernos a un lado del camino para echar
un nuevo vistazo al mapa. Algo, en ese preciso momento, captó
nuestra atención. A la izquierda de nuestra ruta, al otro lado
de la estrecha lengua de asfalto que conduce a Vozmediano, se erigía
un macizo edificio de piedra flanqueado por la estatua de una monja.
–¿Y
sí...?
No tuve tiempo de acabar la frase. Txema interrumpió
mi comentario, haciéndome una sorprendente y tardía
aclaración:
–He olvidado decirte algo –murmuró–. Quizá
no tenga nada que ver con "tu" monja, pero hace ya tiempo
que había oído hablar que en este pueblo se conserva
el cuerpo de una monja incorrupta, y no me extrañaría
nada que fuera aquí donde la conservaran...
–¿Cómo dices? –le respondí
en seco.
–Lo que oyes. No estoy del todo seguro, pero podríamos
entrar y preguntar. Parece un convento.
Txema
no se equivocaba. Aquel edificio tenía todo el aspecto de un
convento de clausura. Sus rejas, su iglesia anexa al costado izquierdo
del mismo y su inquebrantable serenidad lo decían todo. Con
incredulidad nos acercamos a la que parecía ser la puerta de
acceso, inclinándonos suavemente para leer lo que rezaba el
pie de la estatua: "A la venerable Madre Ágreda, con santo
orgullo. Sus paisanos". Aquello –para qué decirlo–
me turbó. ¿A qué Madre Ágreda se refería
aquella escueta dedicatoria? ¿A la misma que estaba buscando?
¿O tal vez a la monja incorrupta de la que me había
hablado Txema? Previniendo las posibles consecuencias, tomé
buena nota de la inscripción, para –segundos después–
entrar en el interior de lo que, efectivamente, era un convento de
clausura.
Primeros
pasos de una larga investigación
–Ave María Purísima –susurró
una voz detrás del torno de madera.
–Sin pecado concebida –respondí
mecánicamente–. Hermana, nos hemos desviado de nuestro
camino sin quererlo, y de repente, al ver el nombre del pueblo, nos
hemos preguntado si aquí vivió hace tres siglos una
monja llamada sor María Jesús de Ágreda... ¿La
conoce por casualidad?
–¡Cómo no la vamos a conocer!
–exclamó la voz tras el torno– ¡Si es nuestra
fundadora!.