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Con
un guiño de complicidad, Txema y yo nos miramos satisfechos.
El etéreo "guía" de aquel viaje había
vuelto a hacer diana. Y así, sólo un par de minutos
más tarde estábamos frente a las rejas de uno de los
locutorios del convento, hablando distendidamente con sor María
Margarita y sor Ana María, dos de las hermanas de la modesta
comunidad de monjas carmelitas que viven tras aquellos macizos muros
de piedra. Como si nos hubieran estado esperando, sin prácticamente
ningún preámbulo, ambas accedieron gustosas a aclarar
algunas de nuestras dudas más acuciantes.
–Sí,
sí. En la iglesia tenemos expuesto el cuerpo incorrupto de
sor María de Jesús, a la que llamamos la Venerable –nos
explica sor María Margarita visiblemente motivada por nuestro
interés–. Antes la teníamos en la tribuna de la
iglesia, donde tenemos un museo sobre ella, pero desde 1989 se encuentra
dentro del templo, para que todo el mundo pueda contemplarla.
–¿Y los milagros que se le atribuyen
son los de...? –pregunto un tanto suspicaz por aquella cadena
de "casualidades".
–Sí, sí, de bilocación
–insiste de nuevo mi simpática confidente–. Si
les parece, podemos leerles unos párrafos de una obra donde
se encuentra resumida la vida de la Venerable, y en donde se describe
todo este prodigio
...
Siéntense, siéntense.
–Deben saber –interrumpe sor Ana María–
que toda la obsesión de la nuestra venerable sor María
Jesús era la salvación de las almas. Sabía de
la falta de misioneros que había en su época en América
y nuestra hermana tenía muchos deseos de poder evangelizar
en aquellas tierras. Pero claro, ella era una monja de clausura...
Aquellas
tempranas aclaraciones terminaron por desconcertarme definitivamente.
Aún así, las más de dos horas que Txema y yo
permanecimos en el locutorio enrejado de aquella estricta clausura
agredana despejaron buena parte de nuestras suposiciones originales.
Confirmaron de una vez por todas no sólo que sor María
Jesús de Ágreda, la polémica monja con dotes
de bilocación, vivió en la localidad soriana del mismo
nombre, sino que su cuerpo se conservaba todavía incorrupto
en aquel mismo monasterio. Pero, como pronto descubrí tras
una larga serie de nuevos viajes a aquel remoto enclave castellano,
las primeras aclaraciones de sor María Margarita y sor Ana
María dibujaban sólo la punta de un vasto, misterioso
y sorprendente iceberg. Un iceberg que, dicho sea de paso, merecía
la pena ser examinado minuciosamente.
Pero
he de confesar algo. Tras haber recorrido buena parte de España,
de estados norteamericanos como Arizona, Texas y Nuevo México,
en busca de evidencias incontrovertibles de este caso, y tras haber
consultado durante todos estos años numerosos archivos (privados
y públicos) y bebido de fuentes cristianas y heterodoxas para
documentar el ensayo que ahora presento, sigo sin explicarme la más
sencilla de mis dudas: ¿Por qué aquel 14 de abril mis
pasos se detuvieron en Ágreda? ¿Qué extraños
hilos se movieron para que mi ruta se desviara de semejante forma,
y acabara frente a la entrada de este pueblo soriano? Y además,
¿quién desvió de nuevo mi camino cuando finalmente
mi compañero de viaje y yo decidimos abandonar Ágreda
al no haber encontrado nadie que nos hablara de sor María Jesús,
guiándonos hasta la mismísima puerta del convento donde
esta mujer vivió cuarenta y siete años en rigurosa clausura?
No
me siento todavía con fuerzas para responder a esas comprometedoras
cuestiones, aunque de soberbio pecaría si no reconociese que
a semejante cadena de causalidades le debo hoy los resultados obtenidos
durante la amplia y apasionante investigación que presenté
en La dama azul.



Relación
numérica de las citas nombradas durante el artículo:
Javier Sierra, "Teletransportados:
Cuando desaparece el espacio-tiempo", revista Año
Cero, nº 7, Madrid, febrero de 1991.
La información mexicana que consulté no podía
ser más equívoca. El tribunal inquisitorial de Logroño,
encargado de la investigación del "caso Ágreda",
jamás detuvo a sor María Jesús. Sin embargo sí
condujo dos minuciosos interrogatorios en 1635 y 1650, en los cuales
la monja dio buena cuenta de lo que creyó haber visto en Nuevo
México, antes y durante la llegada de los misioneros franciscanos
del padre Benavides. En cuanto a mi afirmación de que "la
monja jamás abandonó el convento en –al menos–
los once años anteriores", también se trata de
otro error de bulto. Once años antes de 1631, es decir en 1620,
sor María Jesús comenzó a tener sus bilocaciones,
que se extendieron por espacio de tres años. Contaba por aquel
entonces dieciocho años, habiendo ingresado en clausura a los
dieciséis sin haber abandonado el convento en ese periodo en
ninguna ocasión. Mi afirmación, pues, carecía
de sentido. No obstante 1631 sí es un año importante
para este caso, ya que en el mes de mayo el padre Benavides se entrevista
por primera vez con esta monja, identificándola definitivamente
como la verdadera "dama azul" cuyos relatos había
oído en América en boca de los indios.
Para quien pueda interesarle esa otra investigación, un resumen
de la misma se publicó en abril de 1993 en la revista Más
Allá, nº 50, con el título "Sábana
Santa: la auténtica y las copias".
Mi "confidente"
se refería al Tomo Quinto de la obra Mística Ciudad
de Dios (Herederos de Juan Gili, Editores; Madrid, 1914) que
es, en realidad, un prólogo escrito por el padre Samaniego
en donde se resume la vida de la venerable sor María Jesús.
Este texto es de especial importancia para este trabajo ya que el
padre Samaniego fue contemporáneo de María Jesús
de Ágreda, y agudo observador de muchos de sus más destacados
prodigios.
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