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En
aquellos días de fuertes calores, los franceses despejaron
también parte de la plataforma sobre la que hoy se levanta
la Gran Pirámide, calcularon sus dimensiones originales y la
escalaron. Jomard se quedó lívido al comprobar que los
egipcios emplearon en su construcción medidas como el estadio,
el codo o el pie, que eran fracciones exactas del tamaño de
la Tierra . "Nos han transmitido el patrón exacto
de la dimensión del globo terráqueo y la inapreciable
noción de la invariabilidad del Polo" , escribió.
Pero,
¿conocían los antiguos arquitectos de aquellas moles
las dimensiones de nuestro planeta? Ni que decir tiene que sus conclusiones
levantaron agrias polémicas entre los sabios del grupo, sobre
todo cuando Jomard planteó que la Cámara del Rey del
monumento tal vez no sirvió nunca de tumba, sino de "patrón
de medida" destinado a conservar algún remoto conocimiento
matemático...
Napoleón, absorto por tantos descubrimientos, se entretuvo
en cálculos más prácticos: con las piedras de
la Gran Pirámide y de las dos grandes moles vecinas, podría
construir un muro de tres metros de altura por casi uno de espesor,
que rodeara toda Francia. Además, se maravilló por la
precisa orientación de sus caras a los cuatro puntos cardinales.
Los egipcios parecían conocerlo todo...
La
experiencia mística
Desgraciadamente,
apenas existen datos precisos sobre lo que hizo exactamente el general
Bonaparte en aquellos remotos días en Giza. Los expertos que
consulté entraban en frecuentes contradicciones y aportaban
fechas equívocas para un hecho que –desde mi punto de
vista– tuvo consecuencias trascendentales en la vida de Napoleón:
su noche en el interior de la Gran Pirámide.
Según
explica Peter Tompkins en su clásico Secretos de la Gran
Pirámide, Bonaparte no entró en ese monumento hasta
casi un año después de vencer a los mamelucos de Murad
Bey. Fue el 12 de agosto de 1799, a su regreso de una breve campaña
bélica por tierras de Siria y Palestina, cuando el general
aceptó sumergirse en sus entrañas. "En un determinado
momento –explica Tompkins –, Bonaparte quiso
quedarse solo en la Cámara del Rey, como hiciera Alejandro
Magno, según se decía, antes que él."
Sin
quererlo, Tompkins daba una clave preciosa para deshacer el enigma.
En efecto, como el corso, otros grandes militares de la historia habían
decidido pasar una noche entre aquellas piedras. Seducido por las
leyendas locales –incomprobables, por otra parte– que sugerían
que Julio César y Alejandro pasaron la prueba de pernoctar
en la Gran Pirámide, Napoleón terminó con sus
huesos dentro del monumento. Bob Brier, paleopatólogo y uno
de los más prestigiosos egiptólogos de nuestros días,
reduce el problema a que el corso "por lo visto, creía
en las propiedades mágicas de la pirámide".
El
propio Brier, en su ensayo Secretos del Antiguo Egipto mágico,
aclara qué propiedades eran ésas. Según los Textos
de las Pirámides, grabados sobre monumentos de la V Dinastía,
apenas un siglo más modernos que la Gran Pirámide, esos
monumentos eran una especie de "máquinas para la resurrección"
de los faraones. Este proceso –dicen esos antiguos salmos religiosos–
se componían de tres fases: la primera, el despertar del difunto
en la pirámide; la segunda, su ascensión al más
allá, atravesando los cielos, y la tercera, su ingreso en la
cofradía de los dioses . ¿Buscaron, pues, César,
Alejandro y Napoleón esa peculiar iniciación faraónica?
Sueños
de masones
En
el caso de este último, no es difícil afirmarlo. Cuando
Bonaparte llegó a Egipto, había devorado ya toda clase
de literatura de la época, en la que se mitificaba la sabiduría
de los antiguos constructores de pirámides. Incluso había
escrito algún que otro cuento de indudable tufillo oriental
. El corso consultó, sin duda, la obra del abad Terrasson Sethos
ou vire tirée des monuments et anecdotes de l’ancienne
Egypte (1733), un bestseller de su tiempo en el que
se imaginan las pruebas iniciáticas a las que el faraón
Seti debió someterse en la Gran Pirámide. Lo curioso
es que semejante creencia venía de muy antiguo, y aunque Terrasson
la magnificó, reflejaba algo indudablemente real: que el interior
de la Gran Pirámide había sido frecuentado por reyes
posteriores a Keops, probablemente para participar en extraños
ceremoniales.
Hoy
sabemos que uno de los más famosos fue el llamado Hebsed,
una fiesta en la que se creía que el faraón se rejuvenecía
accediendo a los secretos de la vida eterna, y que se celebraba cada
treinta años de reinado o cada vez que la salud del monarca
flaqueaba. Casualmente, Napoleón, aquella noche del 12 de agosto,
estaba a sólo tres días de cumplir esa edad. Mi duda
es, pues, más que pertinente: ¿fue iniciado como los
faraones cuando se acercaba su trigésimo cumpleaños?