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Se
trata de algo más que una especulación. No en vano,
junto a Napoleón viajaron a Egipto un buen número de
masones, algunos de los cuales eran destacados generales como Jean
Baptiste Kléber o Joachin Murat. Gérard Galtier, el
más concienzudo de los historiadores modernos de la francmasonería,
señala que los franceses exportaron los ritos masónicos
a Egipto durante la campaña napoleónica, especialmente
del llamado Rito de Menfis . Él mismo cita un documento de
puño y letra de uno de los Grandes Maestres de ese Rito, Solutore
Zola, pariente del famoso escritor galo del mismo apellido, en el
que afirma que Bonaparte y Kléber "recibieron la iniciación
y la filiación del Rito de Menfis de un hombre de edad venerable,
muy sabio en la doctrina y las costumbres, que se decía descendiente
de los antiguos sabios de Egipto". Y añade: "La
iniciación tuvo lugar en la pirámide de Keops y recibieron
como única investidura un anillo" .
Este
documento, fechado en 1863 (seis décadas después de
los hechos), no es, desde luego, probatorio. Pero aun cuando no puede
afirmarse con seguridad que Napoleón fuera masón, sí
es cierto que siempre estuvo rodeado de ellos. Su padre lo fue, su
hermano mayor José –que llegó a ser rey de España–
también, e incluso su esposa Josefina fue Gran Maestre de una
logia femenina. A ese respecto, sabemos que fue iniciada en Estrasburgo
en compañía de su marido de entonces, Alejandro de Beauharnais
.
Visto
así, no es extraño que a Napoleón se le señalara
como militante de una misteriosa logia conocida como Hermes Egipcio
, o que a muchos de los sabios que le acompañaron –como
Monge, Norry, Saint-Hilaire y otros– se les acusara de pertenecer
a la logia de los sophisiens, que anualmente se reunían
en París para celebrar cierto "banquete egipcio"
. Incluso en obras contemporáneas al corso, como las Mémoires
historiques et secrets de l’impératrice Joséphine,
publicada en 1820 por cierta señora Lenormand, se recoge una
confesión de Bonaparte a su esposa: "He consumido mi vida
entre movimientos continuos", dice, "que no me han dejado
ni un solo minuto para cumplir mis deberes de iniciado a la secta
de los egipcios" .
¿Puede caber ya alguna duda?
Ahora
bien, en el caso de Napoleón, de lo que podemos estar completamente
seguros es de que no sólo conocía los símbolos
de la masonería egipcia, sino que se los trajo a casa, a la
vuelta de su expedición. Autores como Robert Charroux o Jean-Michel
Angebert describen, por ejemplo, un amuleto egipcio que Bonaparte
recibió de una cofradía de sacerdotes egipcios y que
le protegió de todo mal hasta que lo extravió en Rusia.
Al parecer, aquel collar-pantáculo pasó de Rusia a Niza
en 1947, y en 1956 acabó en manos del general israelí
Moshe Dayan que, a su muerte, lo legó al Israel Museum
de Jerusalén.
La
nueva Tebas
Aquello
no fue lo único que el corso se trajo de Egipto. Ya en tiempos
de Napoleón, para muchos era evidente que la antigua París
había sido una ciudad consagrada a la diosa Isis. El historiador
lituano Jurgis Baltrusaitis consiguió reunir documentación
que demostraba que el cambio de nombre de Lutecia a París obedecía
a que la ciudad fue consagrada a esa diosa egipcia, como demuestra
su designación actual: Par-Isis (el trono de Isis)
.
El
corso, naturalmente, conocía esa historia. Como sabía
también que el escudo de armas de la urbe, una barca sobre
un río, guiada por una estrella de cinco puntas, era una clara
alusión a la diosa. Para los antiguos egipcios, la estrella
de cinco puntas era la representación de Sirio, y ésta,
a su vez, el reflejo cósmico de la mismísima Isis. Sin
embargo, cuando Napoleón regresó de su campaña
faraónica y dio el golpe de estado que terminaría llevándole
a dominar Europa, añadió dos detalles más al
escudo: en un documento de 1811, adjunto a la llamada Carta de
Napoleón de esa fecha, la barca luce en la en proa una
estatua de Isis, y sobre ésta y la estrella ordenó grabar
tres abejas. La abeja, para quien no lo sepa, era uno de los emblemas
reales más apreciados por los antiguos faraones.
Aquí
no caben especulaciones: Napoleón se trajo de Egipto sus símbolos
más sagrados y los añadió al blasón de
su capital. ¿Un tributo a aquella iniciación piramidal
del verano de 1799? Es más que probable. Sólo así
se explica que el corso, convertido ya en dueño y señor
de Francia, nombre ministro de Bellas Artes a Vivant Denon, uno de
los más destacados sabios de su expedición egipcia,
que hará de París una especie de nueva Tebas.
Veamos:
hasta 1806, seis de las quince nuevas fuentes de la ciudad fueron
de inspiración egipcia, e incluso sus propios grabados, extraídos
del libro de Denon, Voyage dans la Basse et la Haute-Égypte,
servirán para ilustrar juegos de porcelanas y relieves de lugares
ilustres. Napoleón convirtió su capital en un reflejo
de Egipto, quiso instaurar una religión de inspiración
faraónica que fracasó, y hasta su muerte soñó
una y otra vez con ese país. ¿Qué fue lo que
tanto le impresionó? ¿Acaso su hoy olvidada iniciación
en la Gran Pirámide?
Yo
así lo creo.
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