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Las Catedrales Virgo

Catedral de Chartes
Catedral de Chartes

Comienza a levantarse en 1194. En su libro “El enigma de la catedral de Chartres”, Louis Charpentier la equipara a la estrella Porrima de Virgo, de magnitud 2,9. Todo en ella tiene un simbolismo cuidadoso: desde la asimetría de sus torres a las imágenes de los pórticos. El obispo Fulbert la consideró el prototipo de la catedral gótica. Sus 170 vitrales cubren una superficie de 2.600 metros cuadrados.

Catedral de Amiens
Catedral de Amiens

Se erige en 1220 y en el esquema de Charpentier equivale a Zeta Virginis. Es el edificio gótico más grande de Francia, con sus 145 metros de largo y sus 43 metros de altura media. Su torre mayor tiene 112 metros de altura. Pese a sus dimensiones colosales se levantó en sólo 80 años. En su fachada se encuentra la representación del Arca de la Alianza que tanto hechizará a Michel Temoin.

Catedral de Bayeaux
Catedral de Bayeaux

Es la estrella Vendimiatrix en el plano estelar de la Champaña. Comienza a construirse en 1206 por orden del obispo Odon de Conteville. En el exterior, las esculturas del pórtico de Doyen recrean la muerte de Thomas Becket ordenada por el rey Enrique III Plantagenet. Su iluminación interior es casi mágica y no escasean las alusiones en sus vitrales reconstruidos al Arca de la Alianza.

Catedral de Reims
Catedral de Reims

Alfa Virginis en el catálogo de Charpentier, es una de las más importantes catedrales francesas. También Alfa es la estrella más brillante de Virgo, de magnitud 1,2. En Reims, erigida a partir de 1211, se coronaban los reyes de Francia. Se tardaron dos siglos y medio en concluirla y el resultado fue un solemne edificio de 138 metros de largo y más de 2.300 esculturas (530 sólo en los tres pisos de la fachada principal).

 
Disposición de las "Notre Dame" francesas de los
siglos XII-XIII que imitan la forma de la constelación
de Virgo en Francia


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Templarios: los caballeros del secreto

Non nobis, domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam
(No nos glorifiques a nosotros, señor, no a nosotros sino a tu nombre).
Lema del Temple.


Sello Templariol auge y caída de los caballeros del Temple, la más poderosa orden monástico-guerrera de la Edad Media, suscita en nuestros días un interés sólo comparable al que muchos profesan al Antiguo Egipto. La publicación de la novela de Javier Sierra, "Las puertas templarias", es el exponente más reciente de algo que aventura ser mucho más que una moda pasajera. Él mismo, tras varios años de investigación, explica las claves de esta fascinación por lo templario.

   ¿Novela? ¿Ensayo dramatizado?... ¿O quizás algo más?
   Desde la publicación de mi libro, "Las puertas templarias" (Martínez Roca, 2000), esas tres han sido las preguntas que más frecuentemente me han hecho llegar mis lectores. Y supongo que por un buen motivo: las 253 páginas de esta obra, además de recoger una trama casi policíaca que implica a los nueve caballeros fundadores de la Orden del Temple, a San Bernardo de Claraval, y a un moderno astrofísico que se ve mezclado en un enigma que empezó ocho siglos atrás, trata de desvelar el "secreto" que convirtió a una modestísima orden de caballería medieval en la más poderosa organización de su tiempo.

   Pero será mejor que empiece por el principio.
   Nuestra historia se perfila en 1118. Jerusalén está ya en manos cristianas, y dos órdenes militares de reciente creación –los Hospitalarios (1110) y los Teutónicos (1112)– se encargan eficientemente de proteger los Santos Lugares de cualquier intento de recuperación por parte de los árabes. Pues bien, justo por aquel entonces el conde Hugo de Champaña, uno de los hombres más influyentes de Francia, poseedor de más tierras y siervos que el propio Rey, recluta a nueve hombres de su absoluta confianza para cumplir una extraña misión. El conde tiene 41 años, ha viajado en varias ocasiones a Tierra Santa participando en la Cruzada que conquistó esos territorios en Jerusalén1099, y muestra un especial interés en que sus caballeros se establezcan en la Jerusalén cristiana. El entonces rey de la Ciudad Santa, Balduino II, les cederá sin demasiadas contemplaciones la plaza más importante del burgo: el recinto de la Cúpula de la Roca.

   Los musulmanes habían edificado en aquel solar una suntuosa mezquita, levantándola justo sobre el emplazamiento donde un día estuvo el sancta sanctórum del Templo de Salomón, y bajo la cual dejaron al descubierto una gran roca que la tradición asegura que había sido el lugar en el que Abraham, siguiendo órdenes de Dios, había querido sacrificar a su hijo Isaac.

    Pero aquella roca significaba mucho más.
   Para los árabes, justo sobre aquel suelo de piedra había descendido una "escala divina" por la que el profeta Mahoma había logrado ascender en cuerpo y alma a los cielos. Fue aquel un viaje santo en el que dicen que el profeta comprendió la estructura de la creación por gracia del propio Alá, convirtiendo la ciudad en el tercer lugar santo del Islam después de La Meca y Medina. El relato, idéntico en muchos aspectos al que la Biblia atribuyó siglos antes a Jacob –que también contempló otra de esas "escaleras al cielo" camino de Harrán (Génesis, 28)–, debió excitar la imaginación de los cruzados. Si aquella roca era lo que decían los infieles que era, allí debía esconderse una especie de "mecanismo" capaz de conectar cielo y tierra. Una especie de "ascensor" sobrenatural al reino de Dios.

Jerusalén   Fuera o no por esa razón, lo cierto es que los templarios se asentaron en la Roca –Haram es-Sharif la llaman los árabes– entre 1118 y 1128. Su misión: proteger el lugar y las rutas de los peregrinos que quisieran alcanzarla como meta espiritual. Paradójicamente, pese a su condición de caballeros, durante esos diez años de reclusión en la ciudad los hombres del conde Hugo no libraron ni una sola batalla. Sus espadas no se unieron a las fuerzas de ocupación cristiana de Jerusalén para luchar en los frentes abiertos de Antioquía a Tiberiades, ni tampoco se preocuparon por reclutar a nuevos caballeros para su causa. Por el contrario, todo parece indicar que se concentraron únicamente en la excavación y desescombrado sistemático de los establos del antiguo Templo de Salomón, descubriendo unas gigantescas bóvedas subterráneas, demasiado grandes para albergar a unos pocos hombres y su séquito. Un cruzado alemán llamado Juan de Wurtzburgo, dijo que aquellos sótanos "eran tan grandes y maravillosos que podía albergarse en ellos más de mil camellos y mil quinientos caballos". Y la duda, naturalmente, no tardó en saltar: ¿buscaban algo en particular aquellos hombres? ¿"Algo" quizá relacionado con la intensa historia de aquel pedazo de tierra?
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