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El
objeto sagrado
Muchos
estudiosos de este periodo histórico, como Louis Charpentier,
Robert Ambelain o más recientemente Michel Lamy, sostienen
que durante aquellos trabajos los templarios pudieron dar con alguna
reliquia o quizás con documentos históricos importantes
que les hicieron tremendamente fuertes a ojos del Papa y las monarquías
de su época. Pero en 1945 surgió una nueva "pista":
ese año se descubrieron en Qumrán, junto al Mar Muerto,
en Israel, algunos manuscritos antiguos de la época de Jesús.
Uno de ellos, el llamado Rollo del Cobre, describía un fabuloso
tesoro formado por la "vajilla sagrada" de Salomón,
que debía estar enterrado en el subsuelo de aquel lugar desde
el siglo IX a.C. ¿Buscaron los templarios ese tesoro?
Si
hemos de creer en lo que dice la Biblia, el ajuar del Templo debió
ser fabuloso: un altar de perfumes de oro macizo, una mesa para los
panes de la proposición de cedro y oro, copas, braseros y lámparas
de metales nobles adornaban una estancia en la que se guardaba el
tesoro de los tesoros, "el Santo de los Santos": el Arca
de la Alianza. Si descubrieron el depósito que cita el Rollo
del Cobre o no, es probable que nunca lo sepamos, pero lo cierto es
que en 1125 el mentor de aquella expedición de los primeros
templarios, el conde Hugo, abandonó familia y posesiones en
Francia y se apresuró a unirse a sus caballeros. ¿Para
qué? Su precipitada salida de Troyes demuestra, sin duda, que
el noble recibió noticias de algún descubrimiento fundamental
que requería de toda su atención...
Ahí
justo empieza mi novela. Pero ahí también se inicia
la trama de un enigma histórico de tremendas implicaciones.
Y
es que, fuera lo que fuese lo que hallaron los templarios y mostraron
a su Señor, tres años después, al regreso de
la campaña de Jerusalén, le sigue la fulgurante ascensión
de esta organización. Se convoca un concilio –el de Troyes–
sólo para respaldar a la nueva milicia del conde Hugo; San
Bernardo, en 1130, redacta los "estatutos" de la organización,
y en 1139, en un tiempo récord, el papa Inocencio III concedía
a los templarios unos privilegios exorbitantes para la época,
haciéndoles independientes hasta de la propia Iglesia, y obligándoles
tan solo a rendir cuentas al pontífice en persona.
La
clave está en la literatura
A
partir de ahí, todo lo relacionado con el Temple se convierte
casi en leyenda. Ningún documento histórico da fe de
qué pudo convertir un grupo de nueve expedicionarios en toda
una fuerza militar, religiosa y política de la época,
y los historiadores, casi a la fuerza, se han visto obligados a desembarcar
en la literatura de aquel periodo para buscar respuestas. Veamos:
en los albores del siglo XIII un poeta y caballero teutónico
llamado Wolfram von Eschembach escribe un abigarrado texto –titulado
"Parsifal" (Ed. Siruela)– en el que afirma que los
templarios son los custodios del Grial. Pocos años antes, en
otro texto escrito por un poeta de la región gobernada por
el conde Hugo, cierto Chretien de Troyes, mencionó esa reliquia
por primera vez, describiéndola no como la copa utilizada por
Jesús durante la Última Cena, sino como una especie
de bandeja o losa sagrada.
¿Habían
descubierto los templarios el Grial? ¿Y qué era ese
Grial del que nadie se había preocupado hasta ese momento?
Grial
o Arca
Aunque
tradicionalmente se crea que el Grial fue la copa empleada por Jesús
antes de ser sacrificado, o incluso el recipiente empleado por José
de Arimatea para recoger la sangre del Mesías en la cruz, este
objeto no se cita específicamente en ningún pasaje de
la Biblia y no comenzará a hablarse de él hasta bien
entrado el siglo XII. Graham Hancock, un escritor experto en enigmas
históricos, avanzó en 1993 la hipótesis de que
aquellas primeras alusiones al Grial de De Troyes y Von Eschembach
escondían en realidad una clara referencia al Arca de la Alianza.
Según explicó Hancock en su ensayo "Símbolo
y Señal" (Ed. Planeta), el hecho de que ambos poetas se
refirieran al Grial como una "losa" podría estar
haciendo alusión al contenido sagrado del Arca: las Tablas
de la Ley. Hancock, además, encontró abundantes referencias
iconográficas al Arca de la Alianza en las primeras catedrales
góticas construidas en los alrededores del Condado de Champaña
a partir del siglo XII. Capiteles, estatuas y vidrieras de Chartres,
Amiens, París o Reims aludían al Arca y a su salida
del Templo de Salomón, como si los constructores de estos templos
supieran a dónde fue a parar tan codiciada reliquia.
Los
constructores góticos
¿Pero
quiénes fueron esos constructores? Increíblemente, tampoco
sabemos demasiado de ellos. Surgen en las tierras del conde Hugo poco
después del regreso de los primeros templarios de Jerusalén
y manejan técnicas de construcción inusitadas para un
tiempo en que la arquitectura se reducía al tosco y monolítico
arte románico. Aún así, después del año
1000 Europa vivirá un fervor constructivo sin precedentes:
en apenas trescientos años –entre 1000 y 1300–
se levantaron "todas las catedrales, monasterios e iglesias mínimamente
importantes que hay en Francia", dice Louis Charpentier en su
obra "Los misterios templarios" (Ed. Apóstrofe).
Los números sobrecogen: son 1.108 las abadías construidas
a partir de 950, a las que en el siglo siguiente se sumarán
326, y otras 702 durante la centuria posterior.