Mis Personajes

DACRE STOKER

Un descendiente de Bram Stoker despierta a Drácula

BIBLIOGRAFÍA

Drácula, el no muerto (2009)
Dacre Stoker - Drácula, el no muertou

Drácula, el no muerto

(Roca Ediciones, 2010)

Los viejos mitos nunca mueren. Eso debió pensar Dacre Stoker, sobrino bisnieto del creador de Drácula, cuando se puso manos a la obra en la redacción de una segunda parte de la novela de su ilustre antepasado. El “nuevo” Stoker pasó por España en 2009 para hablar de su libro y yo fui su anfitrión en Madrid.

Sentí un escalofrío de emoción al estrechar aquella mano firme y amiga. Pertenecía a un hombre en la flor de su edad, de rasgos angulosos, cabellos dorados y mirada inteligente, por cuya sangre corre la memoria genética de uno de los escritores más singulares del siglo XIX.

-Usted debe ser el señor Stoker –murmuré.
El hombre asintió. Llevaba unos minutos esperándome en la cafetería del Hotel de las Letras, contemplando a través de sus vidrieras aquella inusualmente cálida mañana de noviembre.

-Dacre Stoker –deletreó, enseñándome a pronunciar su nombre en ingles; algo así como deiker-. Encantado de conocerlo, señor Sierra.

-Y usted es el sobrino biznieto del novelista…
-Así es. Mi célebre bisabuelo fue uno de los hermanos de Bram.

Una punzada de incredulidad me encogió el estómago. El señor Stoker me hubiera pasado inadvertido en otras circunstancias. No vestía capa; era un hombre sin pose que ni siquiera tenía la mirada acuosa de una criatura de la noche. Me hubiera parecido un turista cualquiera de no saber que, junto al guionista aficionado al vampirismo Ian Holt, acababa de publicar una segunda parte de Drácula, la inmortal novela de su tío bisabuelo. Su “experimento” ha conseguido tres ediciones en un mes y 50.000 copias vendidas sólo en España. Ambientada en 1912, veinticinco años después de la “segunda muerte” del príncipe transilvano, su libro lo resucita al tiempo que recupera a los héroes que acabaron con él y añade personajes que el viejo Bram nunca incluyó pero que, sin embargo, dejó pergeñados en 124 folios manuscritos custodiados en la biblioteca de Rosenbach, Filadelfia, a los que han tenido acceso.

-Ningún otro Stoker ha osado seguir los pasos de Bram en estos cien años –murmuré sin sombra de reproche. Su novela me había parecido excelente.
-Pues ya era hora, ¿no le parece?

No hubo tiempo para más. Había llegado algo justo a la cita y teníamos un pequeño grupo de periodistas aguardando a que, entre los dos, les habláramos del libro y del desmedido interés que aún despierta la figura del vampiro. Tuve que esperar a la hora del almuerzo para conversar a solas con él retomar nuestra entrevista. Mis preguntas tenían poco que ver con el furor de Crepúsculo. Pretendía acercarme al origen del mito, averiguar por qué Drácula no llegó a triunfar en vida de su autor o por qué historiadores como Jean-Paul Bourre describieron a Bram Stoker como “un auténtico adepto del vampirismo”.

-Tal vez la extraña muerte de mi antepasado ayudó a crear esa leyenda.
Dacre Stoker no quería decepcionarme.
-Verá. Uno de los grandes misterios que rodean su figura es el de su muerte. Sabemos que cuando su fiel amigo el reputado actor y director teatral Henry Irving murió en 1906, una parte de Bram Stoker se fue con él. Sufrió un infarto poco después y aquello marcó el inicio de su propio fin. Dejó de tener razones para estar feliz, y sus últimos seis años de vida fueron trágicos y solitarios. Sus fuentes de financiación se vinieron abajo, así que trató de sobrevivir escribiendo libros. No fueron sus mejores obras, desde luego. En su calidad se ve que se escribieron sólo para hacer dinero. Y cuando le llegó el segundo infarto, aquel que lo postró en cama, estaba atravesando su periodo vital más oscuro. Pero lo que realmente levantó el mito de su adscripción real al vampirismo fue que en el momento de su muerte, según rumores creíbles, comenzó a gritar pidiendo socorro al grito de “han venido a por mí”, “me llevan”. Fue, pues, una partida llena de pánico, muy en consonancia con sus creencias y lo que había aprendido del mundo de lo sobrenatural.

-¿Y qué me puede decir del certificado de defunción de Stoker? En él se dice que su antepasado falleció por agotamiento, justo la clase de muerte reservada a las víctimas desangradas de los vampiros…
-Sí. También está eso –admitió-. Aunque tal vez tenga una explicación. De hecho, se ha especulado mucho con que Bram Stoker contrajo la más terrible enfermedad de transmisión sexual de su época, la sífilis, y que perdió la razón por su culpa. Quizá eso justifique un acta de fallecimiento tan protectora. Quisieron salvaguardar su honor y su dignidad escribiendo que Stoker murió por agotamiento.

-¿Y es cierta la aversión que tenía su antepasado a las tumbas?
-Lo cierto es que al final de sus días Bram Stoker pidió ser incinerado, lo que era una petición muy avanzada para su época. Circula una opinión extendida que dice que estaba preocupado por lo que la gente podría hacer con su cuerpo después de muerto. Y aunque murió sin ser famoso y la gente no conocía su novela, debía inquietarle que pudieran profanar su tumba y hacerle algo a sus restos.

-¿Y usted qué cree?
-Que fue un hombre adelantado a su tiempo.

La era de los adelantados

Su última afirmación me hizo recordar algo. Bram Stoker no había sido el único escritor de aquella época sobre el que recayó esa etiqueta. Al otro lado del Canal de la Mancha, en Francia, Julio Verne se ganaba la vida escribiendo novelas “de anticipación” con las que obtuvo un merecido hueco en la historia de la Literatura universal.

Mucho se ha especulado con las fuentes de información de Verne. Biógrafos vernianos como Michel Lamy llegaron a vincularlo a sectas de inspiración masónica, rosacruz e incluso vinculadas a la Golden Dawn británica. Lamy mencionó una en especial, la Sociedad de la Niebla, en la que también incluyó a Bram Stoker y de la que –según él- se alimentaron los grandes autores de ese periodo. No deja de ser curioso que mientras Stoker redactaba su Drácula, Verne hiciera lo propio con una novela de tema vampírico que tituló El castillo de los Cárpatos. De hecho, para cimentar mejor ese vínculo, Lamy cita más coincidencias. Por ejemplo, que “la región del castillo de Drácula es también la del castillo de Brankowan de Alejandro Dumas y la del castillo de los Cárpatos de Julio Verne”. Y añade: “Allí honraban los dacios a su divinidad suprema, Zalmoxis, y para entrar mejor en contacto con ella elegían a sus hermanos más adelantados en la magia y los sacrificaban arrojándolos sobre las puntas de sus jabalinas. Se dice que, siete días después, los cuerpos traspasados salían de sus tumbas y volvían al mundo de los hombres”.

-Es un tema muy interesante –murmura Dacre Stoker cuando le hablo de estos hallazgos-. De hecho, apenas ahora estoy estudiando ese tema. Conozco a un coleccionista y miembro de la Bram Stoker Society en Dublin que se llama John Moore, que me fue de mucha ayuda para mi novela, con quien he hablado a fondo de este asunto. Me dijo que estaba razonablemente seguro de que Bram Stoker no fue miembro de la Golden Dawn, aunque acudió a varias de sus reuniones. Eso lo sabemos porque las actas de algunas de esas citas lo mencionan como invitado. Existe, pues, evidencia documental de que Bram Stoker estuvo en dos reuniones de la Golden Dawn. Pero poco más.

-¿Cree que en alguna de esas reuniones pudo haber oído hablar por primera vez de vampiros?
-No lo creo. Está bastante claro que su interés se remonta a un relato de John Polidori, El vampiro, que escribió en 1816 durante una competición amistosa con Lord Byron y el matrimonio Shelley. Una de las historias que he escuchado más veces en nuestra familia es que Bram estuvo en aquella reunión. Pero por supuesto no lo hizo. Sólo leyó las obras que salieron de allí, entre ellas Frankestein.

 

Uno de los grandes misterios de Bram Stoker es su muerte

 

Dacre Stoker no es, ni mucho menos, el primero que ha estudiado ese episodio literario. Stephen King lo reconstruyó en uno de sus raros libros de no ficción, Danza Macabra, describiéndolo como “una de las merendolas inglesas más locas de todos los tiempos”. Y aunque no tuvo lugar en territorio británico, ni tampoco fue exactamente una merienda sino una especie de retiro de verano, sin duda tuvo mucho de loco. Aquel encuentro se produjo en junio de 1816 a orillas del lago Ginebra. Eran tiempos sin televisión o radio, los juegos de mesa terminaban por aburrir a sus participantes, y la lluvia llevaba dos semanas condenando a un curioso grupo de amigos a permanecer bajo techo sin nada interesante que hacer. El matrimonio compuesto por Percy y Mary Shelley, Lord Byron y su jovencísimo médico personal, el doctor John Polidori, idearon una curiosa fórmula para salir de la apatía. Habían leído en voz alta Fantasmagoría, una colección de relatos sobrenaturales de Jean Baptiste Benoit, y se les ocurrió que sería divertido que cada uno de ellos se inventase una novísima historia de aparecidos y la compartiese con los demás. Mary fue quien peor lo pasó. No se le ocurría nada. Veía que sus compañeros llenaban cuartillas con sus historias sin que ella se atreviera siquiera a escribir su primera frase. Al final, una noche tuvo una pesadilla en la que un estudiante de medicina creaba el fantasma de un hombre en su estudio, y se puso manos a la obra con su celebérrimo Frankestein.

Mary resultó la ganadora de esa especie de concurso. Su marido escribió un relato intrascendente titulado “Los asesinos”, mientras que Lord Byron tampoco brilló mucho con su cuento “El entierro”. Sin embargo, el trabajo de John Polidori sí fue meritorio. Los sorprendió a todos ideando una trama que terminaría fraguando en El vampiro (1819), ocasionando una violenta discusión entre Lord Byron y él. El temperamental caballero creía que su médico le había copiado la idea. Y aunque nunca sabremos si lo hizo o no, lo cierto es que Dacre Stoker aprovecha a su manera las páginas de su reciente secuela para aclararlo todo. Según él, su antepasado se quedó pasmado por el hecho de que las dos obras escritas por los autores más inexpertos de aquella reunión, Frankestein y El vampiro, cosecharan tanto éxito. “Bram adoraba todas esas historias de terror gótico y empezó a buscar su oportunidad de igualar aquel logro”, comenta. Y así, según él, nació Drácula.

La novela maldita

-Dígame –prosigo con mi interrogatorio-: ¿Bram Stoker es un tema común de conversación habitual en su familia?
-En realidad, no. Bueno… Ahora vuelve a serlo por mi culpa -sonríe.

-Pero ¿es cierto que hubo un tiempo en el que su familia estuvo envuelta en una ácida controversia sobre los derechos cinematográficos del Drácula de Bram Stoker?
Su sonrisa se le evapora al instante.
-Sí. Tiene razón. Aunque ese es uno de nuestros asuntos familiares más oscuros. De hecho, ahora mismo lo tengo en mi lista para investigar. Creo que lo incluiré en alguna parte de mi siguiente trabajo. Déjeme que se lo explique: lo que ocurrió con el copyright de Drácula es que la familia que quedó tras la muerte de la viuda de Bram, Florence, y de su hijo, percibió un dinero por la venta de los derechos teatrales de la obra, en los que Florence colaboró, y los vendió a Hammer Films por unos 50.000 dólares. Era un montón de dinero para la época. Pero la controversia que estoy reconstruyendo ahora debe estar documentada en los archivos de la Universal, que a su vez se hizo con esos derechos, y a los que espero acceder si mi novela me da la notoriedad que preciso. Lo que creo es que Florence nunca supo que estaba vendiendo Drácula de por vida. Ella fue una mujer inteligente, que luchó incluso contra las películas de Nosferatu de Prana Films (ver recuadro) pero no debió de darse cuenta de que estaba cediendo esos derechos cinematográficos para siempre. Y eso sólo en relación al cine, porque los derechos del libro en Estados Unidos también se perdieron. Eso es algo que John Moore me explicó. Incluso me mostró los créditos en los que el copyright de las primeras ediciones era de Doubleday y no de Stoker.

-¿Qué pasó?
-Es otro gran misterio. Aparentemente, los agentes de Stoker en América no inscribieron correctamente el libro en la oficina de propiedad intelectual y cuando Doubleday fue a consultarla y vio que no había sido inscrito, lo hizo por su cuenta. Realmente resulta increíble.

-Como si fuera un legado maldito…
-Sí. A veces lo pienso.

El cuarto hombre

A medida que conversábamos, los temas de común interés iban ocupando la mesa de nuestro almuerzo. Había dejado para el final uno que me producía especial curiosidad.

-Ahora que habla de maldiciones, ¿cree que su familia está tocada de un modo u otro por lo sobrenatural?
Dacre recupera en el acto su sonrisa. Deja los cubiertos sobre el plato, y me mira fijamente a los ojos.
-Déjeme que le cuente la historia de otro de mis antepasados. La de un primo de Bram al que, por cierto, le debo mi nombre.

-Soy todo oídos.
Dacre comienza entonces a hablarme de ese antepasado. Se llamó Henry Hugh Gordon Dacre Stoker, aunque llegó a ser más conocido por su firma artística: H. G. Stoker. Formado como capitán de submarinos de la Royal Australian Navy, fue también un tímido escritor y un actor de cierta reputación en Broadway. En 1925 publicó una especie de memorias de aventurero en tiempos de guerra tituladas Straws in the Wind en las que reconoció haberse encontrado con una escurridiza “presencia protectora”.
-Imagínese –me dice-. ¡Otro Stoker implicado en cosas extrañas! Pero éste nunca llamó ángel, ni demonio, vampiro o espíritu a lo que vio. Simplemente contó lo que le pasó.
La vida de este primer Dacre (1885-1966) fue lo suficientemente intensa como para no necesitar inventarse algo así para asombrar a sus amigos. Se alistó en la Royal Navy a los quince, y diez años más tarde ya era el comandante de un submarino AE2 australiano. Su aventura sobrenatural sucedió ocho meses después del inicio de la Primera Guerra Mundial, cuando su nave –la primera en traspasar las defensas marítimas del estrecho de Darnadelos, en 1915- fue tocada en el Mar de Mármara por buques de guerra turcos.
-Él y toda su tripulación fueron hechos prisioneros. Fue terrible –me dijo.

H. G. Stoker sintió que lo habían “enterrado en vida” cuando lo trasladaron a la fortaleza de Afion Kara Hissar, una región montañosa en el corazón de Asia Menor presidida por una cumbre siniestra llamada “la torre negra”. Allí se levantó el principal campo de prisioneros turco durante la guerra. Y bajo la sombra de su viejo castillo convivieron militares rusos, británicos, hindúes y franceses. Pronto aquel Dacre se hizo muy popular. Sus dotes cómicas le valieron el aprecio de carceleros y cautivos, e intentó usarlas varias veces en vano para escaparse. Finalmente, según cuenta en sus memorias, el 23 de marzo de 1916, junto a otros dos soldados, su empeño tuvo éxito. Dejó atrás las alambradas de espino del penal y huyó montaña arriba. Su única obsesión fue alcanzar la costa más cercana, que estaba a casi quinientos kilómetros de allí. Y aunque sus posibilidades de sobrevivir sin equipo ni víveres a los últimos coletazos del invierno fueran escasas, su fe lo mantuvo en pie.
La huida fue un infierno. “Cuando nos hallábamos por encima o al límite de las nieves perpetuas, sufriendo un frío intenso y sin poder dormir, no podíamos avanzar”, escribió. “La espantosa sensación de que nos perseguían estaba siempre presente; y el hambre, la sed, los pies doloridos y la tensión física se apoderaban de nosotros”. Finalmente, tras once días de marcha, caminando de noche para evitar ser vistos, y comiendo pasas y polvo de cacao, ocurrió lo impredecible. Los fugitivos cruzaban un desfiladero con las cinturas atadas por una cuerda, cuando esa “presencia” se manifestó.

“En medio de la noche sentí –no repentinamente o por sorpresa- que no éramos tres hombres avanzando con dificultad en hilera, sino cuatro. Allí había un cuarto hombre que nos seguía al final de la cordada, en la posición correcta que hubiera debido ocupar”. Y añadió: “Cuando nos deteníamos unos minutos a descansar, él no se unía a nosotros, sino que permanecía en la oscuridad, fuera del alcance de nuestra vista; sin embargo, no bien nos levantábamos y proseguíamos la marcha volvía a su puesto de inmediato. No hablaba nunca ni tampoco tomaba las riendas de la expedición para dirigirnos; su actitud era la propia de un leal y verdadero amigo que dice: ‘No puedo ayudaros, pero cuando acecha el peligro recordad siempre que estoy yo aquí para triunfar –o caer- con vosotros’”.
Stoker y sus compañeros de fuga sobrevivieron a las montañas pero nunca quisieron dar demasiados detalles de lo ocurrido con aquel “cuarto hombre”. Sólo sir Arthur Conan Doyle fue puesto al corriente del episodio por el propio Dacre. El creador de Sherlock Holmes ya estaba al corriente de otros casos parecidos, y le respondió por escrito, en términos muy elocuentes: “[La suya es] la misma experiencia que vivió la expedición de Shackleton [en el Polo Sur], que contaba con un hombre más. Uno de vosotros era probablemente un médium, sin saberlo. Muchos lo son”.
Me sorprendió que el último de los Stoker conociera tan bien esta historia.

-Entiendo que le llame la atención –me dijo-.

-¿Y ha investigado usted lo de ese “cuarto hombre”?
-No. Sólo he leído sobre ello como un interesado más, y lo he seguido en la distancia. Me encantan los libros de escaladores; soy un gran amante de las actividades al aire libre, y siento admiración por los que han ido al Everest. Yo nunca me he atrevido. Pero me fascinan esa clase de historias entre la vida y la muerte.

-Como a Bram Stoker.
-Sí.

-Tengo una última curiosidad. Usted, que es de su misma línea de sangre, ¿cree en el más allá como Bram?
-Uy –duda-. Ese es un terreno que no comprendo del todo. Alguien que no conocemos nos ha puesto en este mundo por alguna razón. Puede ser un científico o una entidad divina. Y después nos lleva. Lo que hagamos en el transcurso de esos dos momentos es cosa nuestra. Pero para ser honesto con usted, no me he preocupado demasiado de lo que nos ocurre después de morir. Aún. Me preocupa más saber qué hacer mientras siga aquí, en activo.

BIOGRAFÍA

Dacre Calder Stoker nació en Montreal, Quebec,el 23 de agosto de 1958. Es un ex-atleta y escritor canadiense.

Sobrino bisnieto de Bram Stoker, participa en la gestión de la propiedad intelectual del escritor irlandés, así como en multitud de homenajes y coloquios sobre su figura.

En 2009 presentó su primera novela, Dracula the Undead (Drácula, el no muerto), fruto de su colaboración con Ian Holt.